Nos enseñaron que había una serie
de normas que debíamos cumplir y un pensamiento que debíamos seguir para ser
normales, estables, parte del grupo. Que
las cosas se medían con una regla, escuadra y cartabón; para encontrar la
respuesta solo teníamos que saber realizar la suma correcta y nos enseñaron a
sumar.
Midieron mis conocimientos y actitudes
en una escala que iba del 1 al 10, y me dijeron que para tener éxito era
imprescindible saber los ríos de Europa, que la Vía Láctea algún día
colisionará con Andrómeda y tener claro lo que quería ser de mayor.
Me enseñaron que mi familia eran
aquellas personas que me hacían dibujar en un folio, obviando que cuando creces
dibujarías otras personas en ese mismo lugar. Me enseñaron que debía cumplir
una serie de normas, no me preguntaron si me parecían bien. También me dijeron que una
persona, un ser humano, un ser racional, necesita dormir una media de 8 horas diarias
y yo nunca he cumplido esa pauta; por lo que crecí dudando en mí.
Me enseñaron que la historia ha
de contarse con un orden cronológico, lineal. Me enseñaron a sentarme de manera
correcta, la espalda apoyada y los pies en el suelo, no cruces las piernas, los
codos no se ponen encima de la mesa. Me enseñaron que el tenedor se coge con la
mano izquierda y el cuchillo con la derecha y yo sólo sé cortar con la mano
izquierda. Otra vez dudas. Lo natural no es aquello que dictan los impulsos,
sino aquello que es considerado normal.
No tuve ningún profe que me
enseñara que todo eso no me iba a servir de nada si lo que quería y esperaba de
mi vida era vivir de verdad. Libre. Pura. Mía. Real.
No me dijeron que a veces las
heridas no se curan poniendo una tirita,
que se pueden curar tomando una caña con tus amigos, que para resolver algunos
problemas, no me iba a hacer falta regla, ni escuadra, ni cartabón.
Nadie me explicó, que la
electricidad y la energía también la iba a poder tocar en un cuerpo físico, que
encima habla, camina, sonríe. A veces, incluso se enfada.
No había una parte en el temario
en el que me explicaran que mi historia se iba a medir por las veces que he llorado de
la risa, por aquellas en las que he sentido que se me desgarraba el alma y por
todas aquellas en las que he sentido la felicidad más plena, auténtica y real.
Seguramente, estaba hablando con
la compañera de al lado cuando explicaron que un corazón que late no siempre es
un corazón que está vivo, y que un corazón vivo puede pararse cuando alguien te
mira y te dice que su persona eres tú.
Tampoco cogí apuntes el día que
el profesor explicó que si me perdía un amanecer con mis amigos
porque tenía que dormir ocho horas es porque soy gilipollas y que tu familia
no son solo tus padres, sino que también lo son esas personas que recorrerían medio mundo por ti. Y que la dirección de mi casa no era solo la
que ponía en la agenda, sino que mi casa es cualquier lugar en el que esté mi
gente.
Así que no tenían razón, la respuesta
correcta no siempre se encuentra sumando, no siempre uno más uno son dos, ni
los buenos son tan buenos, ni los malos tan malos, ni las cosas son siempre lo que
parecen.
Me pregunto si realmente creían
que íbamos a cumplir las normas, que íbamos a dejar de pasar por un camino
porque un cartel nos decía que no lo hiciésemos o dejaríamos de subirnos a los
tejados porque se supone que un ser racional no debe hacerlo. Se olvidaron de
decirnos que quien quieres ser de mayor es quien quieres ser en cada momento de
tu vida.
Y no nos dijeron que el mundo no
es un círculo cerrado, sino que se rige por las mil formas abiertas en las que
puedes vivir.